Los 13 relojes

Había una vez, sobre una colina solitaria, un castillo tenebroso con trece relojes parados en el que vivían un duque frío y agresivo y su sobrina, la princesa Saralinda. Ella era cálida, soplase el viento del norte o del sur, pero él era siempre frío. Tenía las manos tan frías como su sonrisa y casi tanto como su corazón. Llevaba guantes para dormir y guantes mientras estaba despierto, por lo que le costaba recoger alfileres o monedas o las semillas de algunas frutas o arrancarles las alas a los ruiseñores.

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Era muy alto, no demasiado viejo e incluso más frío de lo que él creía ser. Sobre un ojo llevaba un parche de terciopelo, el otro le relucía tras un monóculo, así que parecía que la mitad de su cuerpo estaba más cerca de uno que la otra. Perdió un ojo a los doce años, pues le gustaba escudriñar nidos y madrigueras en busca de aves y animales que malherir. Una tarde una mamá alcaudón le hirió a él antes. Las noches las pasaba soñando cosas malvadas y los días los perdía en perversas maquinaciones.

Maquinando perversamente, se le oía cojear y reírse como un villano por los fríos pasillos del castillo mientras planeaba pruebas imposibles a las que someter a los pretendientes de Saralinda. No quería dar a nadie la mano de la princesa en matrimonio, pues esa manecilla era la única cosa cálida que había en el castillo. Incluso las manecillas de su reloj de pulsera y las manecillas de los trece relojes estaban congeladas. Se habían congelado en el mismo instante, una noche que nevaba, siete años atrás, y desde entonces eran las cinco menos diez en el castillo. Los viajeros y los marineros miraban hacia el tenebroso castillo sobre la solitaria colina y decían: «Allí el tiempo está congelado. Siempre es Entonces. Nunca es Ahora».

El frío Duque tenía miedo del Ahora, pues el Ahora es calidez y urgencia, mientras el Entonces estaba muerto y enterrado. El Ahora podría traer consigo algún caballero brillante, alegre y valiente. «Pero ¡no!», murmuraba el frío Duque. «El príncipe se quebrará ante alguna prueba nueva y horrible: llegar a un lugar demasiado alto, encontrar una cosa demasiado lejana, levantar una carga demasiado pesada.»

El Duque temía el Ahora pero, por alguna extraña perversión, manipulaba los relojes para ver si funcionaban mientras rezaba para que no lo hicieran. Manitas, manazas y unos cuantos magos que pasaron por allí intentaron poner en marcha los relojes con sus herramientas o sus palabras mágicas o golpeándolos y maldiciendo, pero nada zumbó ni hizo tictac. Los relojes estaban muertos y al final, después de mucho rumiar sobre ello, el Duque decidió que había asesinado al tiempo, que lo había matado con su espada, había limpiado la sangre de la hoja en la barba de su víctima y la había dejado allí tirada, sangrando horas y minutos, con los muelles salidos y saltones y el péndulo desintegrándose.

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Fragmento del libro Los 13 relojes, de James Thurber. Editorial Ático de libros.

Para más información puedes escribir a Laura Logar al correo laura@aticodelibros.com o en la página web www.aticodelibros.com

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