El semáforo

Desde hace unos 2 mil años, en tiempos del Imperio Romano, las ciudades buscaron una forma de controlar la circulación de sus vehículos, para que fueran más rápido y no chocaran. Por ello se les ocurrió crear un sistema que, por medio de colores, indicara cuál transporte debía pasar primero y cuál debía esperar. Así se empezaron a usar los semáforos.

La palabra «semáforo» viene del idioma griego, se compone de σημα, sema-, ‘señal’, y φóρος, -foros, ‘portar, llevar’. Esto quiere decir «lleva señales».
En un principio los semáforos no eran como los que conocemos, es más, ni siquiera tenían nombre. Los primeros fueron torres con banderas de colores que servían para enviar señales, por ejemplo, pedir ayuda en caso de que llegaran invasores.
Fue hace más de 300 años —en el siglo XVIII— cuando se les puso el nombre de «semáforos» a las torres que en los puertos anunciaban la llegada de los barcos.

Controlando la circulación vehicular en México

El presidente Porfirio Díaz colocó a principios del siglo XX un grupo de policías de tránsito para que controlaran el paso de vehículos en las principales avenidas del país. Debido a la Revolución Mexicana, no se pudieron colocar semáforos sino hasta 1930, pero eran manuales. En 1932 se instaló el primer semáforo automático en el Centro Histórico de la Ciudad de México, en el cruce de las avenidas Juárez y San Juan de Letrán, cerca de la Torre Latinoamericana y el Palacio de Bellas Artes.

Diseño sin título
Foto: atraccion360.com

Las luces rojas y verdes ya se empleaban en las señales del ferrocarril; que a su vez fueron tomadas de las que les
enviaban a los barcos para que no chocaran.

En el siglo XIX los semáforos eran las estaciones de telégrafo, que es un aparatito para mandar mensajes con señales eléctricas y se usó antes de que se conocieran el teléfono y la Internet.
En 1868 se instaló el primer semáforo para tránsito en Inglaterra; su inventor fue el ingeniero de ferrocarriles John Peake Knight. Era un poste altísimo con luces roja y verde que un policía tenía que mover a mano. Lo malo era que funcionaba con gas, por lo que un día explotó. Tiempo después, Earnest Sirrine modificó el diseño del semáforo y cambió el gas por electricidad.
En 1917, William Ghiglieri patentó —registró el invento— el primer semáforo automático, que funcionaba aún con luces roja y verde. Por último, en 1920 el policía William Potts agregó la luz ámbar o preventiva, y así quedó el semáforo tal como lo conocemos en la actualidad.

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