Sabios de la antigüedad

¿Quién no ha querido ser sabio al menos por un día? A lo largo de la historia, los humanos hemos buscado la fórmula perfecta para llenarnos de sabiduría, tener el conocimiento absoluto de las cosas y saber la verdad sobre cualquier hecho o situación. ¡A quién le importa que le llamen «sabelotodo» si ese gran poder te hace ser mejor!

«El tonto se cree sabio pero el sabio sabe que es tonto.»
William Shakespeare

La sabiduría, una cosa muy ancestral
La necesidad de saber todo no es una cosa reciente, ésta se remonta a muchísimos años atrás, entre los años
800 y 200 a.C., cuando distintas personas alrededor del mundo, con culturas e idiomas diferentes, empezaron
a sentir una enorme curiosidad por conocer y tener todas las respuestas sobre la vida.

Por ejemplo, en China encontramos a Confucio, un hombre que promovía sus increíbles ideas por todos lados, pues quería establecer la paz en todos los territorios; cerquita de ahí, en la India, está Buda —del sánscrito बुद्ध
buddha, ‘despierto’ o ‘iluminado’—, de quien se cuenta, que alcanzó un estado perfecto de sabiduría, a través de la disciplina. Y así una lista larguísima, con personajes como Zoroastro, en Palestina, o los griegos como Sócrates y Aristóteles. Todos ellos tenían en común preguntarse un montón de cosas que a nadie más le interesaba.

Las musas le aclaraban el panorama a los poetas y a los viajeros. Recuerda que eran una especie de divinidad, hijas de Mnemósine, la diosa de la memoria.

La evolución de los sabios
Si pones atención en las películas, una persona sabia está representada de diferentes formas; por ejemplo:
puede ser un personaje que hace juegos con palabras o compone poesías, también un mago, una bruja —aunque sus conocimientos los use para hacer el mal— o un señor viejo con pocos amigos que lee mucho.

Precisamente, así fue como evolucionó la figura del sabio en la Antigua Grecia: las primeras personas consideradas como tal fueron los poetas, como Homero —que escribió la Ilíada y la Odisea— o Hesíodo —otro gran poeta, del que se cuenta, fue el primer filósofo de la historia—; la razón era que, durante su época —alrededor del siglo
VIII a. C.—, los mitos y los relatos eran el medio por el que el pueblo aprendía nuevas formas de ver la vida, o sea, de obtener conocimiento, y ellos lo promovían.

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Maestros de la verdad, gente de ideas
Muchos años después, por ahí del siglo VI a. C., la manera de pensar de los griegos cambió. Ahora el sabio era la persona que sentía mucha curiosidad por conocer nuevos mundos y encontrar nuevas formas de ver la vida; por lo tanto, le encantaba viajar y buscar muchas aventuras. Los dioses y las musas dejaron de ser la guía principal para saber sobre la vida. Al final, terminaron evolucionando hasta llegar a ser filósofos: personas que se dedican a preguntarse de dónde venimos, a dónde vamos, qué es la vida, etcétera.

No es lo mismo ser inteligente, que ser un sabio: el primero aprende y toma decisiones a partir de lo que se hace en la vida cotidiana; el segundo, posee conocimientos por haber estudiado mucho.

La sabiduría, un elemento increíble
Como verás, éstos fueron los inicios de la historia de los sabios, pero seguramente ahorita te estarás preguntando: «¿Para qué nos ha servido la sabiduría a los humanos?», pues muy fácil: para aprender, saber, inventar nuevas cosas y vivir mejor.

Además, nos permite entender la manera en que el mundo funciona; nos ayuda a reflexionar cómo nos comportamos
con las otras personas pero, sobre todo, nos ayuda a evolucionar como especie. Y tú, ¿qué lado eliges: ser un sabio
o jugar videojuegos?

Un comentario en “Sabios de la antigüedad

  1. Es una lectura realmente interesante y entretenida. Me gustó la forma en la que lo detallan y lo explican de una manera tan didáctica. En lo personal, me llamó mucho el ver como ha evolucionado la sabiduría hasta llegar a un potencial mayor. Comprendí que a veces no necesitas ser sabio, solo ponerle entusiasmo al aprendizaje.

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